Con los pies en la tierra

Por Lucrecia Manso / @laranadespierta

 

Hubo instante en que me desconecte. Me perdí.

 

Revivir la sensación de frescura.  Mis pies en el agua del arroyo. La suavidad del barro y de los musgos. Andar primero con cierta impresión y desconfianza. Buscar equilibrio. Reconocer donde pisar.

 

Caminar  con pausa. Mirar las piedras. Buscar el lugar más cómodo y seguro. Sentir el apoyo de mis pies. Dar el siguiente paso. Confiar. Aceptar su naturaleza.

 

Llegar a una piedra. Sentarme. El arroyo con su curso a los lados. El sonido del viento en los pastizales. El reflejo del sol brillante sobre el agua.

 

Ciento de veces. Una vez. Los pies en el agua. Los pies en la tierra.

 

Me fui. Olvidé. Todo en mi cabeza. Ideas, planes, preocupaciones. El futuro. Me desconecté y tuve miedo.

 

La Rana me trajo hasta aquí. Y me recuerda siempre como regresar si me voy demasiado lejos.

 

Traigo los pies a tierra. Siento que tengo raíces.

 

La tierra me limita, me contiene. Me impone sus condiciones. Me recuerda lo que hay más allá de mí. Todo está sucediendo ahora. Cambio. Movimiento. Debo enraizar para sostenerme. Para dejarme sostener.

 

Mi mente piensa, ordena, imagina, juzga, proyecta, recuerda y olvida. Omite y sobredimensiona. La tierra calma mi mente. La lleva a mis sentidos. Relajar. Pensar al ritmo del aire fresco. Pensar con el cuerpo. Pensar con los pies. Con mis latidos.

 

No todo está en lo más alto. Volver a mi cuerpo, natural y sensible. En su movimiento y quietud. Sentirme abrazada y tranquila. No soy infinita cuando me voy alto y lejos.

 

Soy infinita aquí. Con la naturaleza. Vuelvo a nacer en la inmensidad de una tarde. De una y de todas las tardes. Sé que ese momento es único. Repetido y único. Me siento parte de un mundo que nace cada día. Hoy vuelve a nacer.

 

Los pies en la tierra me hacen disfrutar. Cada paso tan mundano. Tan fugaz.

 

Con los pies en la tierra puedo despegar. Volar. Irme. Sin un miedo que paralice. A tierra firme  regresar.