Ante la ley: quizás la culpa no es del mensajero

 

Por Dra. Mónica Cohendoz *


“Ante la Ley hay un guardián. Hasta ese guardián llega un campesino y le ruega que le permita entrar a la Ley. Pero el guardián responde que en ese momento no le puede franquear el acceso. El hombre reflexiona y luego pregunta si es que podrá entrar más tarde”. Así comienza un cuento del escritor Franz Kafka que presenta una cuestión vital: cómo participamos de los límites y umbrales que nos impiden acceder a las verdades en la disputa por encontrar certezas.

Hubo una época en que las y los intelectuales discutían sobre las diferencias entre información y comunicación, el problema consistía y consiste en saber cómo la opinión pública participa de los asuntos de interés común. Hoy el interrogante es qué pasa cuando una cuestión tan candente como el COVID-19 que involucra intereses comunes, ya que el riesgo no discrimina sector social, político o territorial, cotidianamente afecta nuestras vidas.

La pandemia nos une y desune. Y la infocomunicación trama su construcción social como problema crítico. La gestión de la información es estratégica para la salud pública, se trata de un problema social, calificado como “desastre” por la magnitud del riesgo generado a escala mundial -la “Sociología de los desastres” proporcionó definiciones que ayudan a distinguir entre accidentes, emergencias, desastres y catástrofes-. En esta construcción del drama social de la pandemia los medios han sido el escenario clave para visibilizar el “evento crítico”; pusieron en escena creencias, emociones, acerca de COVID-19 y disputaron los sentidos dominantes sobre su proceso cuya intensidad emocional involucra tanto la información sobre la situación como su comunicación.

La incertidumbre asociada a la pandemia provocó aumentos en la demanda informativa y la actividad mediática —producción y circulación de noticias— impactó en el ejercicio democrático en tanto se incrementó en la opinión pública el interés por el tópico. A la ciudadanía le preocupa la pandemia no sólo en términos de conocimientos e información sino de dominio simbólico, es decir, de acceder a la verdad. Esa verdad es un orden en disputa: por qué apareció el virus, cómo se combate, son interrogantes que cada uno y una se hace a diario. La realidad de los sucesos vinculados a la pandemia se configuraron tanto como cuestión científica atravesada tanto por el saber experto como por el sentido común. Pablo Kreimer explica acerca de la magnitud de las “ficciones científicas” no están determinadas sólo por intereses de producción de conocimientos, sino que operan diversos factores en su construcción dependientes de procesos sociales de mediación que estabilizan y naturalizan los conocimientos como creencias y operan en la credibilidad de la información sobre la enfermedad.

El ciclo noticioso de la pandemia fue muy largo: durante el primer mes de cuarentena, 9 de cada 10 noticias eran sobre COVID-19. Eso fue bajando, pero a no menos de 6 o 7; en el momento del pico en Buenos Aires, la cobertura bajó, producto de la aparición en agenda de otros temas, como la expropiación de Vicentín y empezaron a aparecer la discusión política, entre otros temas, las declaraciones de altos funcionarios públicos (presidente, ministros/as, consejo de asesores y asesoras) y la aparición de conflictos políticos alrededor de la epidemia son requisitos fundamentales para modificar el curso de la noticia. Son “hechos noticiosos” que tuercen el centro de la cobertura: de ser una cuestión de salud pasa a ser un tema político. Acusaciones, manifestaciones de la oposición, conflictos dentro del gabinete presidencial, estos eventos pasaron a dominar la cobertura y el virus, las estadísticas, las campañas de prevención son menos relevantes en los medios.

Las investigaciones realizadas durante la pandemia COVID-19 presentan la emergencia de importantes novedades como el resurgimiento del protagonismo de los medios tradicionales, especialmente de la televisión, y la reconexión a las noticias de los ciudadanos más alejados de la información.

Las primeras semanas, la demanda de información sobre la enfermedad nueva en las plataformas aumentó muchísimo, creció el 30 % el rating en televisión, los medios digitales llegaron a su pico histórico de lectura. Con ello se han reducido, en parte, las desigualdades existentes respecto al consumo de noticias entre los ciudadanos.

Sin embargo, cuando revisamos las características de la cobertura informativa nos encontramos con que los medios contribuyen, cuando no crean, percepciones de riesgo basadas en un tratamiento deficiente de la información con relatos espectacularizantes, sensacionalistas, centrados en casos individuales particularmente desesperantes; con la actualización de datos de transmisión del virus y muertes día a día, junto con gráficos que expresan esos datos; casos y datos descontextualizados y abordados con enfoques moralizantes.

La sobreinformación, sumada a la divulgación de informaciones deliberadamente falsas se ha convertido en un problema sanitario. Asuntos como el rechazo al uso de vacunas, el origen del virus o la defensa de la efectividad médica del dióxido de cloro han sido objeto de campañas de desinformación en las redes sociales: un equipo de científicos y científicas del CONICET desmintió más de cien fake news sobre coronavirus. La exposición constante a noticias de riesgos y miedos profundizan sensaciones de victimización, de malestar y de vulnerabilidad personal. Los medios promueven así una victimización indirecta, es decir, la percepción de que podemos ser las próximas víctimas, en este caso, de un virus. El límite entre el miedo representado y el miedo experimentado se vuelve difuso y el factor subjetivo emerge como “sesgo de confirmación”, que conduce a creer tan solo a aquella información que confirma los prejuicios, descartando argumentos y evidencias que desafían el pensamiento previo. Para Brenda Focás: “incluso la proliferación de memes, videos, y bromas equilibran la dimensión emocional (provocan risas), pero fortaleciendo el sentido común, tanto del público como del periodismo”.

Hay un “desorden informativo” que provoca un clima complejo en el cual el riesgo se transforma en una red de discursos sobre la pandemia que muchas y muchos ciudadanos perciben como poco confiables pero necesarios para inscribirse en esta experiencia social. Los medios construyen sus agendas sobre el COVID-19 activando de modo complejo tanto intereses políticos, como económicos y comunitarios. El poder de esta agenda se articula con la agenda política y pública.

Una escena es significativa para comprender esta trama mediática infocomunicacional: las conferencias de prensa durante la pandemia han propuesto comunicar los sucesos e incidir en nuestra participación en la construcción responsable de la política de prevención contra el virus. Aportaron datos, consejos, esquemas, medidas puestas en juego junto con redes de relaciones políticas (vínculos a nivel nacional, provincial y local).

Los medios son parte de la trama democrática de la cual todas y todos participan, la confusión en tiempos de pandemia no es culpa del mensajero: podemos usar los espacios públicos para activar una comunicación en que la realidad nos pueda inscribir, de modo que el virus no nos haga dudar de nuestra responsabilidad en la construcción de posibles salidas colectivas de la pandemia.

 

(*) Titular del Observatorio de medios, ciudadanía y democracia; Estudios de Comunicación y Cultura en Olavarría (ECCO) – FACSO – UNICEN