Caracoles

Por Lucrecia Manso / @laranadespierta

 

Como los caracoles. Este mundo que aprendemos desde la niñez con todos nuestros sentidos lo cargamos en nuestra espalda. Nos vamos de viaje por la vida creciendo con nuestra casa a cuestas. Nos protege todo lo que allí aprendimos. Lo que nos hace bien. Lo que nos limita. Es un lugar cómodo y conocido.

 

Hace largo tiempo que, cuando los humanos nacemos, esa casa mundo nos aguarda  con todo ya definido  y unas formas establecidas.  Llegamos para amoldarnos.

 

Con movimientos, gestos, silencios, gritos y a veces palabras; con distancias,  encuentros y desencuentros vamos ajustándonos.

 

Aprendemos a luchar por los lugares o abandonarlos y empequeñecer para seguir encajando en algún hueco que nos dejen.

 

Peleamos por ubicarnos. Olvidamos  que es posible hacer lugar. Recibir y compartir con quienes vienen detrás.

 

Sentimos comodidad porque nos hemos acomodado. Olvidamos que podríamos habitar otros espacios o los mismos de otras formas.

 

A veces al sentir  el peso de la casa a cuestas, el dolor, el enojo, queremos destruirla, irnos, abandonarla. No sabemos qué hacer porque también tenemos miedo de quedarnos sin protección o en soledad.

 

Puede ser de otro modo. Tenemos la capacidad de reconstruir  y construir hogares más armoniosos donde crecer. Habitar el mundo de maneras distintas.

 

Podemos recibir a quienes recién llegan permitiéndoles explorar, observar, andar, ver dónde ubicarse, cómo habitar.  Ello sería un hermoso aprendizaje. Preparar un ambiente de respeto, escucha.  Dejar espacios suficientes para el movimiento propio. Confiar en que el silencio y el sonido y que la palabra nos reúna, sin chistar ni gritar, escuchar, hablar, escuchar.

 

Construir en  conjunto lugares comunes. Permitir las distancias y los tiempos personales.

 

Cuando nuestra casa se vuelve orgánica, flexible, amable entonces ya no sentimos un peso en nuestra espalda. La comodidad es una búsqueda constante y cíclica y tal vez inconclusa. Vamos creciendo y necesitamos  ambientes más amplios o simplemente diferentes. Podemos proyectarlos. Imaginarlos. Sostenerlos. Nutrirlos.

 

Si hemos habitamos hogares amables cuando nos vamos lo hacemos desde el afecto y la libertad. No necesitamos llevar aquella casa a cuestas.

 

La libertad se aprende cuando somos libres. La convivencia en paz se aprende cuando no hacemos una guerra por ocupar los lugares. Las palabras cobran sentido y dan confianza cuando se hacen realidad en la acción. Eso trae calma.

 

Podemos planificar esos hogares amables.

 

Entonces cada quien hará su camino sin cargas pesadas donde refugiarse.

 

Viajar como los caracoles pero llevar solo una hoja de ruta. Andar e imaginar hacia dónde queremos ir. Encontrarnos y compartir camino. Sentir  que el mundo entero es nuestro hogar.