Luces y Sombras

Por Lucrecia Manso / @laranadespierta


Ir hacia dentro y vernos. Vincular en nuestro interior todo lo que nos constituye. Ligarnos desde allí con  nuestro entorno. Al que ya pertenecemos y estamos entrelazados pero olvidamos.

 

Proyectarnos desde nuestro centro para recuperar los lazos. Es más que mostrarnos. Es brindarnos. Integrar nuestros claroscuros y el de cada persona y cada situación con la que nos relacionamos. Ello permite el verdadero encuentro. El reencuentro.

 

En un mundo en el que nos mostramos a cada momento, por instantes, fragmentados, es un desafío construir vínculos que integren nuestra totalidad y la de los demás. Armamos nuestras propias vidrieras. Allí todo está bien o todo está mal. Fugaz. Efímero. Pasajero. Nos mostramos. Pero no nos vemos.  

 

Intercambiamos escenas, imágenes, postales de lo bello del paisaje. De lo bello del encuentro. Pero el paisaje esconde sus escombros, sus miserias. El encuentro real nos cuesta mucho. Porque aunque exponemos mucho, compartimos muy poco la profundidad de nuestra maravillosa existencia.

 

Ir hacia adentro y vernos. Encontrar en nuestras profundidades las luces y las sombras. Reconocer que ese otro frente a mí es igual: tienen sus luces y sus sombras. Cada persona está transitando sus desafíos y aprendizajes.

 

No poder compartir lo que nos duele realmente, lo que nos cuesta, lo que nos da miedo, nos hace brindarnos solo por fragmentos y obliga a los demás a hacer lo mismo. Sentimos que todo lo malo nos sucede a unos y todo lo bueno a otros.

 

Mostrarnos siempre desde los brillos y flashes nos encandila. No nos deja vernos. Revelar solo las sombras es igual. Nos desorientamos en cualquier caso.

 

Así nos separamos. De nosotros. De los otros.

 

Desde mi centro puedo equilibrar esas luces y sombras internas. Puedo proyectarme verdaderamente. Tal cual soy. Allí está la belleza. La que se sostiene en las transformaciones y cambios. La belleza propia que no opaca a nadie, que no miente, que no invade, que se comparte.

 

Proyectarnos desde nuestro centro es poder decir nuestra palabra, nuestras ideas, nuestro movimiento, nuestro sentir, sin ocultar nada, sin mentir. La narrativa se ajusta cada vez más al paisaje completo. Puedo contar la experiencia completa. Una historia que se hilvana entre cada foto, no puede estar contenida en una sola imagen fugaz.

 

Si nos vinculamos desde un espacio más cercano y completo habilitamos a los demás a compartir su propia belleza completa: con arrugas, achaques, cicatrices, con heridas, desde los propios lugares sin tener que ocultar.

 

Un mundo más completo, menos fragmentado, más cercano a la realidad que integra miradas y experiencias. Un mundo compartido, creado a partir del verdadero encuentro.