Salando las heridas. Todo recital es político

Una revisión del recital de 2017 del Indio Solari como “un hecho político”. La concepción, sus efectos y las cuentas pendientes.



Por Pablo Palazzolo (*)

 

Sé que es antipático, pero no hay otra forma de calificar al recital del Indio de hace cuatro años como el mayor daño autoinfligido de la historia de la sociedad olavarriense. Y no se trata de una crítica al músico. Yo mismo soy un fan del fenómeno cultural, social y político que significaron los Redondos y que se personifica en Solari. Pero el recital de 2017 no tuvo nada que ver con eso.

 

El fallido recital del Indio Solari es, en esencia, un hecho político que se convirtió en un desastre social y que, hasta el momento y paradójicamente, salió bien para sus principales responsables.

 

Repasemos. Hacía poco más de un año que Ezequiel Galli había ganado las elecciones. Pasada la euforia inicial, su gobierno se debatía en las engorrosas implicancias de formar un equipo que no se completaba nunca para gobernar un estado municipal que ninguno de los nuevos ocupantes del Palacio conocía. Para colmo, el fantasma del derrotado eseverrismo era una presencia constante y una referencia necesaria para saber cómo hacer las cosas. En ese contexto, el nuevo gobierno empezaba a tener en claro que las floridas promesas de campaña iban a tener que esperar, si es que alguna vez llegaban a concretarse.

 

En esos días en los que Galli sentía temblar el suelo bajo sus pies, surgió la idea: ¿y si se pudiera dar un golpe de efecto que le diera tiempo y aire, y de paso pudiera enterrar definitivamente al molesto fantasma eseverrista? No se sabe quién de la mesa chica municipal llevó la idea, porque cuando el desastre fue obvio todos le sacaron la nalga a la jeringa. Pero la cosa es que la idea, inspirada en las más finas técnicas de marketing político del Pro duranbarbista, fue tomando fuerza. Había que traer al Indio y hacer el recital que vengara la prohibición de 1997, cuando la policía duhaldista le negara a Helios Eseverri los efectivos que aseguraran la ciudad ante la masiva concurrencia que se esperaba. Eso no debería ser un problema, pensaron, porque ahora la policía la manejaba la gobernadora del palo, Vidal. La autorización del evento también estaba asegurada: la evaluación siniestral la manejaba la policía a las órdenes de Mariu. El plan era perfecto.

 

Paso a paso, el recital se fue convirtiendo en la cuestión de estado por excelencia y fue tomando forma. Se contactaron a los empresarios que representaban al Indio y se puso todo en marcha. Tal vez si el intendente hubiera averiguado más habría sabido que los hermanos Peuscovich eran viejos conocidos de la Municipalidad de Olavarría, ya que en 2006 con ellos el gobierno municipal de Helios Eseverri había organizado el recital de la Bersuit. Pero parece que no eran tiempos de averiguar, sino de actuar.

 

De ahí en más, todo fue una seguidilla de fallas que no tenían otro destino que el desastre. La peor de todas ellas fue la elección del predio para el evento. Nadie previó, o si lo hicieron no les importó, que para llegar a La Colmena los 300.000 asistentes que se esperaban debían atravesar una ciudad de 100.000 habitantes por el medio. Nadie miró con detenimiento la cuestión de los accesos y de la desmovilización. Nadie organizó un verdadero operativo sanitario y de seguridad. A medida que el día llegaba, y los funcionarios se embriagaban con la esperanza de un éxito total, se hacía cada vez más evidente que en las jornadas del recital las y los olavarrienses quedaríamos expuestos a lo que pudiera suceder.

 

El resto es historia conocida. Las imágenes de las personas pisoteadas en el pogo, de los comercios destruidos en la zona de la Terminal, de asistentes tirados en improvisados centros de salud y de personas acarreadas en camiones municipales fuera de la ciudad recorrieron el país y el mundo. A partir de ese momento, Olavarría pasó a ser conocida también por la ineptitud de su dirigencia. No estoy seguro si las cientos de historias personales de olavarrienses que escuché sobre el recital dan cuenta del peligro al cual nos expuso Galli durante las horas anteriores y posteriores al mismo.

 

Del paso de la Gran Bestia Pop por Olavarría quedan hoy varias cuestiones interesantes para el análisis. La más terrible y obvia la constituyen las tres muertes. Dos de ellas producidas dentro de La Colmena durante el recital, y la otra (de la cual se suele hablar poco) la de un ciudadano paraguayo que fue hallado colgado de un árbol y que las autoridades se apresuraron a calificar como suicidio. También hubo olavarrienses que no pudieron recuperar sus negocios destruidos en la zona de la Terminal.

 

Pero lo más llamativo han sido los efectos políticos del recital. Contrariamente a lo que la lógica permite suponer, Galli no pagó ningún costo político. Más allá de deshacerse de algunos funcionarios, la sociedad local –en una reacción propia del Síndrome de Estocolmo- volvió a votar en 2019 al hombre que la expuso a los mayores peligros evitables de su historia. Como bien dice la canción de los Redondos, a los ciegos no les gustan los sordos. La oposición, por su parte, quedó atrapada en sus propias contradicciones. El conservador Pro le había birlado un ícono propio, nacional y popular. Y ello motivó un comportamiento errático, que le impidió separar la grandeza del ídolo del estropicio de traerlo en esas condiciones a Olavarría. Un manto de protección político, mediático y judicial terminó por beneficiar a Galli.

 

Una pregunta queda flotando: ¿se podría haber traído al Indio y que no pasara lo que pasó? La respuesta es sí. Para ello deberían haberse verificado lo siguiente. Primero, que la motivación no hubiera sido la consolidación de un gobierno. Un recital nunca logra eso. Segundo, el operativo sanitario y de seguridad general debió haber sido planificado con mayor seriedad. Tercero, el predio nunca debió haber sido La Colmena. A quienes les gusta compararse con Tandil no fueron lo suficientemente inteligentes para advertir que allí el Indio siempre actuó en predios fuera de la ciudad. El escenario natural en Olavarría para un evento de tal magnitud es el Autódromo. No hay otro. Y si no, no se debe hacer.

 

La cosa, sin embargo, no termina acá. Más allá del recuerdo quedan las cuestiones legales pendientes. Como se sabe, Galli puso al Municipio de Olavarría –es decir, a todos nosotros de modo indirecto- como fiadores de los productores. Ello implica que los juicios por las muertes y los daños serán repetidos contra la Municipalidad. En esto, Cromagnon en la ciudad de Buenos Aires actúa como el más contundente de los antecedentes. Es, en ese sentido, muy probable que las y los olavarrienses no hayamos visto aún las peores consecuencias de la aventura ricotera de Galli.

 

(*) Politólogo y docente