Un quiebre

El intento de asesinato a Cristina Fernández, transmitido en vivo por la TV Pública, marcó un quiebre en el escenario político y social. En Olavarría hubo una muestra contundente de rechazo con doble convocatoria que se unificó en una marcha.


(Extracto del newsletter Volver a las Fuentes de @JosefinaB y @alexisdechillar)

 

“¿Qué hubiese pasado si…?”

 

Fue la pregunta que nos hicimos, casi instantáneamente. No uno, muchos. Casi que todos. Y la respuesta, palabras más, palabras menos, se asemejaba a una guerra civil. ¿Exagerado? Corto…la muerte de Cristina, para el peronismo, sería intolerable. Y no se miraría igual a cómo se miró a muchos de los que se apuntaron como responsables.

 

El límite de la violencia en la política hacía tiempo se había atravesado y lo sucedido el jueves fue, quizás, la consecuencia más grave. Un muchacho, de nacionalidad brasileña, puso a centímetros un arma en la cara de la vicepresidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, y gatilló. Dos veces. La bala nunca salió.

 

La conmoción generó, primero, la incertidumbre de no terminar de entender, de repetir las imágenes, de impresionarse. Luego, la velocidad de la información, el feriado, las consultas, los viajes. Justamente, el feriado llegaba para permitir la enorme movilización que se presagiaba (y se cumplió) pero también para “reflexionar” y entender dónde estamos parados. A muchos les enojó.

 

Lo concreto es que es la frutilla del postre de un proceso del que nadie escapa. A nuestra forma de entender, la oposición se equivoca en tratar de exculpar a la Justicia, a los medios y también a dirigentes opositores. Incluso, también, no hay que exculpar al frente que hoy gobierna. Todos -nos incluimos- en mayor o menor medida hemos aportado para que se llegue a ese lugar.

 

Los discursos de odio no son de hace unos días. Hace unos días que lo notamos porque es, casi, extremo. Agustín Rossi señalaba -con atino- que hay que retrotraerse, como mínimo, al conflicto del campo en 2008 para empezar a ver el odio en su máxima expresión. Con algunos ejemplos concretos, pero que van más allá de su sola mención: el sector del campo derramando leche en las rutas, D’Elía pegando una trompada en Plaza de Mayo.

 

El “Ellos o nosotros” de López Murphy (personaje oscuro si los hay) sumado al pedido de pena de muerte a Cristina por corrupción de Francisco Sánchez, del Pro, fueron la medida de la violencia. Las bolsas mortuorias, la guillotina, el pedido de muerte constante en manifestaciones opositoras. La violencia se transformó en un negocio político. Y en un discurso tan cotidiano que se dejó de cuestionar.

 

El peronismo también hizo su parte, pero tal como se escuchó en reiteradas ocasiones “los muertos siempre salen del mismo lado”. No es casual. Y tampoco es casual lo que sucedió el jueves por la noche.

 

De un llamado de atención a más de lo mismo (o el punto de partida de lo peor)

 

Lo que parecía realmente el punto extremo que se necesitaba para que haya concordia y (con diferencias irreconciliables en lo político) se trate de generar un nuevo camino en la Argentina, comenzaron las miserias. La ola de repudios duró poco más de 12 horas y luego cada cual atendió su juego. Y otra vez las dudas y los ataques.

 

Que uno no invitó al otro, que el otro no quiso ir, que vos tenés la culpa, que está todo armado, que esto es un circo… y lamentablemente de lado quedan los miles y miles que fueron a la Plaza de Mayo, en amplio porcentaje de ideología peronista, pero que fueron a pedir por Cristina y por la democracia.

 

De lado quedan los miles que, sin movilizarse, quedaron estupefactos pidiendo gestos a la política, que realmente se preocuparon por el hecho y pidiendo que sí, que discutan, que debatan, que se griten, pero que no se desee la muerte ni se fomente el odio al otro. Y que crean. Porque al final, en una política tan devaluada, el golpe final lo recibe la credibilidad.

 

Para entender dónde estamos parados, además, tenemos que entender qué lugar ocupa el odio en la política. Es un negocio, una clave que sostiene estructuras enteras. Ya no en la polarización como estamos acostumbrados, sino en la derecha más extrema que tiene este país.

 

Que si uno busca, analiza, escarba en el contenido, es solo odio: “eliminar la casta” para vivir en libertad. O, dando vuelta el discurso, “acabemos con ellos que nos tienen atrapados con su política”.

 

Por eso estamos, lamentablemente, lejos de iniciar una nueva etapa en la Argentina. A muchos les abrió los ojos, pero eso no alcanzará para cambiar el problema de raíz. ¿Por qué no? Por la duda, el constante pensamiento de que el otro lo hace para sacar un rédito, la falta de repudios que rozaron casi el deseo de que la bala hubiera salido, las particulares notas de medios que mostraban cómo se debería haber armado el arma para que disparara “como corresponde”…en fin, ejemplos sobran.

 

Independientemente del odio visceral de algunos dirigentes, analicemos algunos puntos -ya políticos- para entender la lejanía de la solución. Tanto Mauricio Macri como Horacio Rodríguez Larreta (y prácticamente todo el Pro) repudiaron el hecho sin titubear. Sí, quedaron comprometidos con tuits que responsabilizaban por la violencia, días atrás, a Cristina Fernández, pero no era momento para eso, para eso habría tiempo después. A Macri, Larreta y Vidal lo siguieron un sinnúmero de dirigentes del Pro, así como también de compañeros de coalición en la UCR y la Coalición Cívica.

 

Patricia Bullrich, en cambio, no lo hizo. Incluso, se tomó el atrevimiento de descreer. Martín Tetaz prácticamente hizo el ridículo en vivo en televisión junto a Florencia Arietto. Amalia Granata…sobran palabras. El dato -más allá de que probablemente sea su pensamiento genuino- fue que Bullrich fue casi la única dirigente del Pro que tomó esa determinación. El apoyo de la militancia que la acompaña fue unánime. Eso explica el “negocio del odio”. No como algo que genere dinero, claro. Pero sostiene dirigentes, les da poder, posibilidades de posicionarse con chances, incluso, de una candidatura a Presidenta.

 

Por el resto (incluido Macri, Larreta, Vidal y todo el arco opositor), el repudio vino acompañado de un dato que no puede pasar por alto: si le pasó a Cristina, le puede pasar a cualquiera. Pero a cualquiera de verdad, desde Cristina y Macri a Valicenti y Galli. No un balazo -deseamos que nunca jamás le pase a nadie algo de este tipo- pero un escrache, una trompada, un piedrazo, cualquier tipo de agresión que provenga del discurso de odio.

 

La autocrítica debe venir en serio. Pensar, también, la relación de dirigentes opositores con la dictadura como si fuese algo liviano, casi menospreciando la dictadura militar que tuvo a 30 mil personas desaparecidas. Con la seguridad de que Macri, Larreta, López Murphy y hasta Arietto (que debe tener un Falcon verde guardado en la cochera de su casa) no tienen un gran interés por la causa derechos humanos pero distan, y mucho, de tirar gente en aviones al río, o de hacerlos desaparecer.

 

A las cosas hay que llamarlas por su nombre. La arena política tiene un sinfín de razones para imponer pensamientos, ideas, propuestas, nombres e historia. Tiene urnas, tiene democracia. En esa arena política, no debería existir el odio. O al menos, que el odio no le gane a las ideas, a las propuestas, a la historia Argentina. Ya demasiado pasó el país para entender que no es por el camino del odio ni el desprecio al otro que piensa distinto.

 

El ejemplo de Olavarría

 

Siempre hay excepciones, pero afortunadamente están fuera del mapa político. En Olavarría, absolutamente todo el arco político de la ciudad repudió el hecho y se posicionó en un lugar de solidaridad no sólo con la vicepresidenta sino también con los militantes peronistas y el sistema democrático.

 

Una excelente noticia: desde el intendente Galli, el secretario de Gobierno Hilario Galli, funcionarios y todo el bloque de concejales, pasando por el radicalismo y, obviamente, todo el Frente de Todos. Inclusive el espacio libertario Ahora Olavarría llamó a la reflexión y se solidarizó tras el hecho.

 

Lo que lo hace aún más saludable fue que instituciones intermedias de todo tipo, desde Colegios profesionales, pasando por sindicatos, instituciones educativas como la Unicen, la Unión Industrial, Coopelectric entre otros, también repudiaron los hechos y pidieron que el camino sea la paz. Más allá de las cuestiones institucionales de rigor, fue saludable ver tamaña cantidad de acompañamientos.

 

Misma situación para la marcha que se realizó el viernes al mediodía en el Paseo Jesús Mendía con doble convocatoria. Con una particularidad: se movilizaron muchos vecinos que no están organizados en ningún sindicato o agrupación política.

 

Se vieron caras conocidas y algunas sorpresas como la del titular del CECO, Miguel Santellán, quien hacía tiempo no se lo veía en este tipo de movilizaciones. La situación ameritaba. Incluso, fue importante ver la unión de sindicatos -tal como ya había acontecido en la protesta de los trabajadores de El Popular- de agrupaciones como La Cámpora y el Sindicato de Municipales…interesante la unión de espacios de corte peronista.

 

“Esto nos da un empujón para seguir unidos” dijo una participante que tiene un rol importante dentro del Frente de Todos que, admitió, ayudó a mostrarse más fuertes y sumar fuerzas.

 

César Valicenti, Federico Aguilera, Maximiliano Wesner, Mercedes Landívar y concejales y funcionarios del Frente de Todos local viajaron a Capital Federal a manifestar el acompañamiento a la vicepresidenta en Plaza de Mayo.

 

El “sentirse cerca” y estar en el lugar de mayor importancia a nivel nacional fueron motivantes para viajar casi de imprevisto hacia Buenos Aires y participar de una movilización a la que estiman, asistieron 500 mil personas.

 

Por supuesto que también ahí hubo quejas de la oposición de Juntos que no se sintió invitada y no participó de la manifestación. Ayer estuvieron en la sesión en Diputados donde se repudió el caso.

 

Párrafo aparte para Valicenti, presidente del bloque de diputados bonaerenses del Frente de Todos, quien además tuvo un rol preponderante en las manifestaciones de los dirigentes del espacio a nivel provincial y nacional. “No hay argumento para quedarse en silencio ante lo sucedido” dijo Valicenti y agregó “se ha llegado a un punto donde esto excede a un espacio político, excede a una figura y a una corriente ideológica. Si queremos convivir en paz, con instituciones democráticas, en convivencia con diferentes maneras de pensar, todo aquel actor que se considere del sistema democrático tiene que manifestarse en este momento” pidió.

 

En la Cena de la Industria, el intendente Galli -que volvió de su licencia- admitió que tuvo que cambiar el discurso que tenía preparado por los hechos del jueves y, con una importante moderación, dijo que “Es momento de decir ‘basta’. Es momento de empezar a vivir en armonía. Depende de nosotros”. Con algún palito propio de la política, Ezequiel Galli se paró en el lugar del Pro más moderado, por fuera de Bullrich o el ala más dura.

 

A contramano de lo que pasó en el país, la dirigencia política de Olavarría se comportó de forma más que correcta. El tiempo dirá si es el puntapié para una nueva convivencia o si el efecto, tal como avizoramos a nivel nacional, se replicará en lo local.